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Aquel frustrado cartel de la Amargura


José Fernando Gabardón de la Banda. No cabe duda que pudo haber sido un maravilloso cartel de Semana Santa, la frescura de una tarde de Jueves Santo, uno de aquellos que ya contaban nuestros abuelos desde finales del siglo XIX, de los que quedan en la memoria de generación en generación. Y es que cambian los momentos históricos, pero la esencia, el rito permanece. Era el año 1956, la celebración de la Semana Santa vivía el inicio de un periodo de esplendor que en el inicio del siglo había comenzado y quedo truncado por la Guerra Civil y la dura posguerra. Un gran grupo de artistas de distintos oficios se habían ido reuniendo en una larga nómina en un proceso de reelaboración del arte cofrade, sin perder sus raíces, pero en la búsqueda de nuevos lenguajes que le dieran una nueva frescura visual. En esta etapa se fue fraguando una interesante escuela de pintores sevillanos en la Escuela de Bellas Artes, para los que no pasó desapercibido el mundo cofrade, como ya había ocurrido a principio de siglos. Uno de estos artistas sin ninguna duda fue el genial Alfonso Grosso, que dejo en su amplia trayectoria artística una producción excepcional que no solo quedo en los lazos locales de Sevilla. Y es que, en 1956, ya era un artista consagrado, de renombre internacional, ya que treinta años antes había triunfado en Nueva York, que se estaba convirtiendo en el centro artístico de la vanguardia artística y sustituiría con el tiempo a la ciudad de Nueva York, del que daría constancia la prensa sevillana en el periódico El Noticiero Sevillano el día 5 de junio de 1926, o incluso en la propia revista Blanco y Negro, del 25 de julio de 1926. Tres años después, en 1929, realizaría un nuevo viaje a Nueva York, organizando una segunda exposición en las Galerías Humberto, bajo los auspicios de la Sociedad de Arte de América, llegando a ser calificado como el nombre del nuevo embajador de la cultura española. Unos años antes lo habría sido Joaquín Sorolla con los encargos del Hispanic Society por Hullington. Y en 1956, ya consagrado definitivamente en Sevilla desempeñaba el cargo de director del Museo de Bellas Artes de Sevilla, así como la cátedra de Colorido y Composición.

No cabe duda que pudo haber sido un cartel la maravillosa composición que pinto del paso de palio de la Hermandad de la Amargura, pero no cabe duda que es un maravilloso lienzo en el que el pintor quedaría consolidado como uno de los mejores referentes de la pintura de la Semana Santa sevillana. A lo largo de su trayectoria artística Alfonso Grosso realizó varias composiciones de indudable calidad artística, aunque como ya afirma el profesor Álvaro Cabezas García no fue la ocupación artística principal del pintor, ya que, de una producción de más de mil trescientas obras, sola una veintena le dedico al mundo cofrade, aunque no podemos perder de vista su perfil cofrade, especialmente su vinculación con la Hermandad de la Amargura. Un dato fehaciente que demuestra este hecho, es que ya en 1926, cuando vuelve de Nueva York, en el homenaje que le brindó el Ateneo, acudió la representación corporativa de la Hermandad. Incluso llegaría a salir con una bocina, asistía a los cabildos generales e incluso a la misa dominicales de la Corporación. Aquel año de 1956 la Hermandad de la Amargura estaba viviendo un verdadero momento de esplendor en el magnífico templo gótico mudéjar de San Juan de la Palma, viendo engrandecer su patrimonio artístico en la que intervendrían dos genios excepcionales, el bordador Juan Miguel Rodríguez Ojeda y Cayetano González. Sin ninguna duda el pintor sevillano fue testigo desde niño de la renovación estilística del paso de palio, y le dejaría huella incluso en su propia concepción artística.

No cabe duda que si Alfonso Grosso hubiera pintado este cuadro como un cartel hubiera sido uno de los más excepcionales de toda la historia sevillana. Y es que dejo claro sin ningún desvelo el amor que sentía por las escenas cotidianas de Sevilla, las que marca la inmortalidad de un pueblo. Heredero de la tradición de García Ramos o Jiménez de Aranda, y con ecos de su maestro Gonzalo Bilbao, Alfonso Grosso supo mostrar en esta composición una nueva interpretación que iba más allá de una simple recreación del costumbrismo. No cabe duda que sus nuevos efectos cromáticos muy utilizado en este momento por el pintor y el propio sentido realista de los ambientes escenográficos lo convertiría en un verdadero maestro narrativo en el terreno pictórico. No hay duda que en la escena del interior de San Juan de la Palma un día del Jueves Santo, en la que en un primer plano dispone a dos bellas mujeres vestidas de mantilla, con el paso de palio al fondo que cubre prácticamente todo el lienzo, al que contempla otras dos mantillas, y una jovencita cubierta de un mantolín liso, probablemente quedó visualizado en su retina. Es posible que las dos mujeres cubierta de mantilla sea una de los mejores retratos que podemos apreciar del pintor, podría constituir un cuadro en sí, en la que se puede contemplar la calidad del maestro. Y es que Alfonso Grosso demostró en toda su carrera artística un amplio talento a la hora de representar a la mujer, y posiblemente supo captar de manera especial al mundo popular. De esta manera, de su pincel salieron retratos de cantaoras, bailaoras, tonadilleras, como el precioso retrato de Custodia Romero, al igual que lo hiciera Julio Romero de Torres a principios de siglo, aunque huyendo del matiz simbolista. Una de ellas mira al espectador, con una sinuosa sonrisa, una de las mejores representaciones de la belleza que envuelve una mujer con mantilla. Es posible que en el lienzo se quedara plasmado la mejor representación recreada del paso de palio de la Amargura. El pintor quiso captarlo de lado, huyendo de la mirada frontal, seguramente al concebir en una mejor posición el precioso diálogo entre la Virgen y San Juan de la historia sevillana. De esta manera pudo plasmar con todo detalle la resaltante orfebrería de Cayetano González, varales, jarritas, respiraderos o los candelabros de cola, así como los preciosos bordados de Rodríguez Ojeda, un verdadero testimonio gráfico del esplendor de una de las creaciones más excepcionales de la historia de la Semana Santa. Al fondo ya esbozado los muros de la iglesia, una de sus naves laterales, que enmarca todos los años este excepcional recreamiento visual.

Aunque su lienzo de la Hermandad de la Hermandad de la Amargura, no llegó a ser un cartel, su concepción como genial cartelista quedaría plasmada en la que le dedicó a Coronación Canónica de la Esperanza Macarena en 1964, hoy conservada en la sede de la Hermandad, en la que una vez más dejaría huella de su frescura creativa. Posiblemente cuando volvamos a visitar una vez más el interior de San Juan de la Palma y nos situemos en el lateral de la iglesia, buscaremos a esa mujer vestida de mantilla que nos mira sinuosamente. Seguro que lo encontramos.

 

Para saber más:

CABEZAS GARCÍA, Álvaro Alfonso Grosso, cien años como hermano de la Amargura. Amargura, pp.32-35.

CABEZA GARCIA, Álvaro Alfonso Grosso y la Semana Santa sevillana: visión, pintura y función en XVIII Simposio sobre Hermandades de Sevilla y su provincia, Fundación Cruzcampo, Sevilla, 2017, pp.15-46.

 

Fotos: Mariano López Montes
Cartel: Hugett Pretel










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