Arte Sacro
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La condena de pedirte. Antonio Gila Bohórquez


Se han licuado las gotas de cera de mi túnica. El cerco oleaginoso que impregnaba el fondo negro de una capa que tantas veces tocó el viento en la más pura inocencia de su vaivén vertiginoso. Seccionan las calles afilados suspiros bajo un antifaz que aún guarda el último padrenuestro que rezaste por los tuyos. Meditada botonadura descolorida por el tintineo de un cíngulo que ahora es yugo y martirio de quien tuvo las manos atadas. Tú también las llevas atadas, pero al brazo de un recuerdo que traen consigo la imagen de tu infancia subiendo el puente de la empírea ciudad que vestía de miércoles.

Costanillas de adoquines sorteando hilos de lágrimas resecas por la emoción del reencuentro y, a lo lejos, refulgencias nacidas de un abrazo que llevaba un año sin tocarse. Pátina celeste que traza las vías de un tren olvidado y que vuelve con su aullido férreo a estas esquinas de colores. Hay estrellas que se ven de día al traspasar, nuestra mirada, el rectilíneo final de aquellas aceras añejas de tanta efeméride y semblanza. Qué puedo decirte a Tí, si nunca te he dicho nada. Vespertino vaho que evocan los labios hipocráticos de la muerte. Estás muerto y sólo hablas Tú.

¿Cómo puedes hablar desde la muerte? ¿Cómo tus manos son capaces de coser mis pecados al perdón si están traspasadas por el óxido de siglos? ¿Qué recuerdos quieres que traiga en este viejo capirote que hiere ya la memoria por quienes te has llevado a tu Cruz?

He vuelto a mirarte y quiero quedarme. Aceptar la condena de anhelarte y renegar el desdén de un gallo que tantas veces te niega. He vuelto a sentirte como cuando me impusieron por primera vez el agua de tu hendido costado, a los pies de éstos que ahora emanan sangre, derrota y alivio. He vuelto a tocarte y mis dedos se han llenado de quemaduras gélidas renovando una piel que lleva tus sentidos. He vuelto a escucharte entre los lirios que pincelan una laguna roja llena de besos y sueños.

Hoy he vuelto, Señor, y estás como siempre. Andas con las rodillas quebradas, abrazas con tus palmas enclavadas, respiras con tu pecho agujereado y miras con unas pupilas opacas. Sin embargo, vengo cambiado, lleno, como cada año, de vanidad, de ambición, de egoísmo y zozobra, de desliz y transgresión, de vileza. Vengo a darte de beber con mi esponja de vinagre envenenada por la ira, la injusticia y la inmoralidad. Vengo con la ambivalencia de exigirte y rogarte aquello que nunca pudo ocupar un saco con treinta monedas de plata. Vengo con la bata sin bolsillos donde llevar la solidez de lo material y sí con estas manos abarrotadas de pecado donde aún quedan espacios para llenarlos de grito, de clemencia, de consuelo, de fuerzas, de paciencia y lozanía. Vengo con la condena de pedirte por lo que ya te piden tras el teñido antifaz de la enfermedad, a robarte si puedo, el valor para quienes visten hoy de artillero herido en las austeras camas de un campo de batalla. Mi doblegado cirio no es más que el mosquetón con el que disparar a ciegas en esta lucha entre lo natural y lo humano. Lo divino es lo que vengo a pedirte en este miércoles de gris y magenta. Pues no existe más divinidad que la salud que desprende la porosidad de tu ensangrentada policromía. Salud, Señor, a Tí, Cristo que ahogas tu Salud para derramarla a quienes no la tienen. Ahora sí, ahora que he cumplido con la estación que alarga mis pasos sobre tu penitencia, ahora que desnudo y desprendo el hedor de mis errores, ahora sí, vibran otra vez, como siempre, las altas tulipas labradas que te escoltan. Otra vez nos dicen que es Miércoles Santo y San Bernardo está en la calle.

Fotos: Juan Alberto García Acevedo.










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