Arte Sacro
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Mi Dios.. Alberto Espinosa García


El Dios al que yo rezo cada noche no tiene rostro. Ni siquiera tiene piel. Y ni mucho menos desprende aromas. Pero su sombra cobija todos mis latidos desde antes que mi corazón empezara a latir. 

Él sabe de mi todo lo que yo no se de mi mismo. 

Sé que existe porque existo yo, con mis bolsillos llenitos de moratones y estos ojos verdes que Él me regaló hilvanados con algunas luces remendadas por el atardecer. 

En nuestros diálogos a oscuras, yo le cuento, y Él me escucha. 

Yo me enredo entre silencios de alcoba, y Él me desenreda los suspiros en ventanales de esperanzas. 

Yo me callo, y Él me habla. Sin levantar la voz. Con las Palabras escogidas. Con las señales pintadas en el aire que a los dos nos separa… o a los dos nos une… depende del día, del momento, del rezo. 

Siempre lo he sentido galopar por mis miedos, esos que anidan en la boca del estomago cuando el hambre grita sus temores por los pasadizos del tiempo. 

Y siempre viene a mi encuentro cuando cierro los labios para desnudarme los ropajes de los que creo ser preso, cuando la única condena posible es la que lleva solapada su nombre. 

Si pudiera tallarle la mirada, ésta tendría perfume a barrio, voz de padre, consejo de amigo. 

Si la mirada de mi Dios alguien osara tallarla, los espejos de la primavera sabrían a torrija, los abrazos tendrían hueco, las despedidas dibujarían sonrisas.   

Creo en Él a pies juntillas. Desde el primer bostezo de cuna. Sin saber cómo es realmente porque no lo necesito. 

Le tengo fe ciega. Tanto al que duerme en el Sagrario como al que carga con su cruz y mora sus sueños en un Santuario sevillano.

Soy de Él. Y Él es mío. 

Mi Dios… la única Verdad que corona este valle de lágrimas. 

 

 

Ilustración: Fco Javier Montiel










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