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La Catedral celebró el Corpus Christi más sencilla pero con el mismo fervor al Santísimo


Daniel García Acevedo. Corpus Christi distinto al conocido y realizado durante muchos años el celebrado ayer jueves, 11 de junio, en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla.

Debido a la crisis sanitaria que está asolando a todo el país y al resto del mundo, la procesión anual por las calles del centro histórico fue suprimida y quedó en una solemne eucaristía, procesión claustral por las naves catedralicias y bendición solemne con el Santísimo desde la puerta de la Asunción para todos los sevillanos presentes.

El acto comenzó a las 10 de la mañana, con una Catedral aforada a 611 personas, con mascarillas y distanciamiento interpersonal. Presidió el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina y concelebraron el obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra y el vicario general y deán de la Catedral, Teodoro León. El arzobispo Asenjo recalcó que aunque el acto iba a ser más sencillo, sin embargo se iba a ganar en fervor.

La eucaristía estuvo acompañada musicalmente por la coral polifónica de la Catedral, dirigida por el canónigo Herminio González. Asistieron diversas autoridades civiles y militares, como el alcalde de Sevilla, y se invitó a diferentes colectivos esenciales durante esta pandemia como médicos, enfermeros, farmacéuticos, trabajadores de centros de personas mayores, UME, Guardia Civil, Policía Nacional, Policía Local, Protección Civil, Bomberos y miembros de Cáritas y de Cruz Roja, asistiendo dos personas por cada colectivo. Podemos destacar la presencia, por la Policía Local, de José Medina Arteaga, Superintendente Jefe de la Policía Local de Sevilla desde diciembre del año pasado y pieza clave en la gestión de la crisis por la Covid 19.

Tras la Comunión se procedió a la procesión claustral con el Santísimo Sacramento, portado por el arzobispo Asenjo Pelegrina, en preciosa Custodia, que recorrió las naves interiores de la Catedral, desde el mismo altar del Jubileo, dando la vuelta hasta la puerta de la Asunción. El cortejo lo encabezaga el guión sacramental acompañado por dos faroles. Tras él, representación del Consejo de Cofradías con cirios, sacramental del Sagrario con cirios, sacristanes de la Catedral, Cruz alzada con dos ciriales, canónigos con cirios, ministros con incensarios, navetas, baculo y mitra, estamentos invitados con cirios, obispo auxiliar y vicario general, arzobispo con el Santísimo y las autoridades civiles y militares.

Al llegar a la puerta de la Asunción, sobre un altar fue expuesto la Custodia con el viril y el arzobispo impartió la bendición solemne a los presentes en la avenida de la Constitución, que se dieron cita en buen número, respetando las distancias de seguridad.

Por último, al llegar al altar del Jubileo, nuevamente el arzobispo Asenjo impartió la bendición solemne, en este caso a los presentes en el interior de la Catedral. En sus últimas palabras antes de concluir, Asenjo Pelegrina resaltó que se “había emocionado en la procesión al ver a tanta gente que se hincaban de rodillas ante la presencia de Cristo en la Eucaristía, esto no es fácil encontrarlo en otras latitudes geográficas, lo mismo que no es fácil encontrar la piedad en la procesión claustral, que no decaiga, que custodiemos como un precioso tesoro la devoción al augusto  sacramento de la Eucaristía, fuente cumbre de la vida cristiana”.

Compartimos con nuestros lectores la homilía escrita por el arzobispo Juan José Asenjo, y leída por el obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra, a causa de los problemas de visión en el ojo izquierdo del arzobispo, como él mismo reconoció antes de comenzar la eucaristía a los compañeros de 7 Tv Sevilla.

"Glorifica al Señor Jerusalén, alaba a tu Dios Sión". Con estas palabras del salmo 147, con que el pueblo de Israel bendecía a Dios después de librarle del hambre en tiempo de sequía, nos señala la liturgia las actitudes con que la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, celebra hoy la solemnidad del Corpus Christi: proclamando la verdad salvadora de la Eucaristía, bendiciendo, adorando y aclamando al Señor que sacia nuestra hambre espiritual con flor de harina, con el sacramento santísimo de su cuerpo y de su sangre. ¡Solemnidad del Corpus Christi!, que este año Sevilla no puede celebrar en sus calles como consecuencia de la epidemia que tanto dolor ha provocado, con miles de muertos, centenares de miles de personas afectadas por un fenómeno que no esperábamos y para el que no nos sentíamos preparados.

En este día escogido por la Iglesia para la veneración pública del Santísimo Sacramento, agradecemos a Dios uno y trino este don inmenso y precioso, confesamos sin rubor nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y acrecentamos la piedad y veneración ante el Cristo ofrecido, glorificado e intercesor, hecho presencia y cercanía.  

¡Eucaristía, misterio del amor sorprendente de Cristo, que antes de volver al Padre, se queda con nosotros en las especies eucarísticas! ¡Eucaristía, misterio de la suprema benevolencia de Cristo que no nos deja huérfanos, obra grandiosa del poder de Dios, que permite cada día que el pan y el vino, fruto preciado de nuestros campos, por la acción del Espíritu Santo y la palabra del sacerdote, se transformen en el cuerpo y en la sangre del Señor! ¡Eucaristía, misterio de nuestra fe! Los sentidos no pueden percibirlo, pero la fe nos asegura que no hay palabras más verdaderas que las que el Señor pronuncia en la noche de la Cena, momento cumbre de la piedad y del amor de Cristo por la humanidad, en el Dios decide revestirse de nuestra humanidad para ser vecino nuestro, compañero de peregrinación, apoyo de nuestra debilidad y alimento de nuestras almas.

Las circunstancias nos impiden acompañar al Señor por nuestras calles, otros años adornadas con sus mejores primores, convertidas en en un inmenso templo para gloria y honor del Señor sacramentado. Nuestra procesión de este año, a pesar de la majestuosidad del marco catedralicio, será muy sencilla. Solo participaremos los obispos, los sacerdotes, una representación de las autoridades y de los cuerpos e instituciones que han servido a los enfermos y a los moribundos hasta la extenuación y una pequeña representación del pueblo fiel.

Yo os pido que lo que perdamos en esplendor, lo ganemos en fervor, renovando nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, confesando con los labios y creyendo en el corazón que, en la más hermosa y rica custodia de nuestra catedral regalada por una familia sevillana del siglo XVIII, está presente Jesucristo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Con el amor de María, hermana de Lázaro, nos postramos a sus pies para escucharle. Como Zaqueo, le manifestamos nuestra alegría por tenerlo a la vera de nuestras casas. Con la fe de Pedro le confesamos como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y le musitamos Señor, Tú sabes que te quiero. Como Tomás nos postramos ante Él para decirle que queremos que sea el Dios y Señor de nuestras vidas.

En esta mañana reconocemos que ésta es “la Cena que recrea y enamora”, la “fuente que mana y corre”, como escribiera bellamente san Juan de la Cruz, el manantial que hace posible la renovación de nuestras comunidades, venero de virtudes, de consuelo, de fortaleza y fidelidad. Sí, queridos hermanos y hermanas: de la adoración a la Eucaristía nos ha de venir la renovación de nuestras parroquias, el empuje espiritual y apostólico de nuestra Iglesia diocesana, el crecimiento en la fe y la victoria sobre el pecado que oprime nuestras vidas y desgarra nuestra sociedad. Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo que alimenta nuestros corazones mientras peregrinamos hacia la casa del Padre.

No olvido que hoy es el Día de la Caridad, la jornada de Caritas. La Eucaristía nos pone en el camino de los hermanos. Ella es “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”, como escribiera san Agustín. En el cuerpo de Cristo entregado y en su sangre derramada tenemos todos la mejor escuela de fraternidad y de servicio gratuito. Junto a la Eucaristía, aprendemos a perdonar, a ponernos a los pies de los pobres para servirles, a ponernos de su parte y en su lugar, a acogerlos y ofrecerles compasión, afecto, ayuda y amor abnegado.

La epidemia que tanto nos está haciendo sufrir, nos llena de estupor por la suerte de millones de trabajadores que se están quedando sin trabajo, por la suerte de las víctimas de la crisis de la década anterior, y por los nuevos pobres que ha generado la epidemia. Con la superación de esta tragedia, que Dios quiera que esté próxima, no va a acabar el sufrimiento de nuestro pueblo que, a mi juicio, no ha hecho más que empezar, con la economía tan seriamente afectada. En el mensaje del Domingo de Pascua, el papa Francisco nos invitó a no dejarnos llevar por el egoísmo, sino a sentirnos como miembros de una única familia que se sostienen mutuamente y que no dejan atrás a ninguno de los suyos. En la homilía del Domingo de la Divina Misericordia nos invitó a no consentir que nos golpee el peor de los virus, el virus de la indiferencia.

Nos pidió también que seamos “instrumentos humildes en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo” y que nos comprometamos en la misión samaritana de la Iglesia manifestando de forma concreta y palpable la ternura y la misericordia de Jesús, haciendo que la persona que sufre se sienta amada. No pasemos de largo ante el hombre lleno de heridas y tendido en la cuneta del camino. Bajémonos, como el Buen Samaritano, de la cabalgadura de nuestro bienestar, para curar esas heridas, tan numerosas y tan dolientes. Seamos generosos en la colecta que tiene como destinataria a Cáritas.

Al final de la procesión, acercaremos al Señor a la puerta de la Asunción de nuestra catedral y le pediremos que bendiga a nuestra Archidiócesis y a nuestra ciudad, que bendiga a nuestras familias, a nuestros niños y ancianos. Le pediremos también que bendiga y sostenga a nuestras autoridades en esta hora difícil, que devuelva la salud a los enfermos víctimas del virus, que dé el descanso eterno a los muertos y consuele y conforte a sus familias.  Así sea."

Fotos: Fco. Javier Montiel.










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