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Opinión. ¿Componía Bach su música para Dios? Juan Antonio Barros Jódar


 Un tema que parece despertar mucho interés en foros y tertulias de música cofrade es el supuesto destinatario de la música procesional.

Hay dos teorías principales, a las que se suman dos facciones irreconciliables de aficionados a este singular género musical. La primera, defendida por el cofrade de a pie, sostiene que las marchas de procesión que acompañan a nuestros pasos de palio y de misterio cada Semana Santa están compuestas expresamente para el costalero. Esta afirmación implica que la música procesional debe ser alegre, rítmica, pegadiza. En suma, que importa más que transmita fuerza y alivie el trabajo de la cuadrilla bajo la parihuela, que la calidad musical de la composición propiamente dicha. La segunda, defendida heroicamente por un grupo creciente de aficionados caracterizados por su acendrado purismo, su veneración por los clásicos y su incansable afán de recuperación de las viejas glorias del pasado, argumenta que este tipo de composición está destinada a las imágenes sagradas que procesionan nuestras hermandades y cofradías.

Modestamente, pienso que ambas interpretaciones son erróneas, aun cuando expresan una parte de la realidad.

Que la música procesional es música incidental, compuesta para un evento más amplio e importante que ella misma, parece innegable. De no ser así, el compositor podría permitirse la licencia de utilizar patrones rítmicos no binarios, recurrir al empleo de la música atonal o hacer marchas de treinta y cinco minutos de duración, por poner algún ejemplo. Desde luego, a nadie se le ocurre hacer este tipo de cosas. La marcha procesional tiene una función práctica: acompañar el caminar de las representaciones iconográficas de la Pasión en una escenificación barroca, teatral y religiosa que convierte nuestros pueblos y ciudades en templos efímeros en los que se desarrolla la dramaturgia de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Esta relación de subordinación impone naturalmente ciertas limitaciones a la creatividad del autor. Pero nunca ha sido obstáculo para que Manuel López Farfán, Mariano San Miguel o Ricardo Dorado, por citar algún nombre, alcanzaran la perfección en un género en apariencia tan modesto. 

¿Debemos deducir de estas limitaciones que la marcha procesional está destinada primordialmente al costalero? Creo que no. ¿Está entonces concebida “para” la imagen?

Creo que todos estaremos de acuerdo en que las imágenes que procesionan durante buena parte del año (no sólo en Semana Santa) cofradías y hermandades penitenciales y de gloria, son representación simbólica de la divinidad, es decir, objetos artísticos y devocionales que nos permiten “visualizar” e incluso “tocar” lo sagrado. No parece tener mucho sentido que la música procesional esté dedicada a imágenes que no son la divinidad, sino representaciones artísticas hechas por la mano del hombre, el mismo hombre que ha compuesto las melodías que acompañan los cortejos procesionales. Más sentido tendría considerar que esa música esté destinada a la divinidad en sí, más allá de la mera representación iconográfica. 

Pero, ¿necesita la divinidad de nuestro insignificante ingenio? ¿Necesita Dios de Bach, de Mozart... de López Farfán? 

Si concluimos que la marcha procesional no tiene como destinatario al esforzado costalero, ni tampoco a la imagen sagrada, ¿para qué o para quién se componen marchas procesionales? 

La respuesta a esta pregunta es en cierto modo la más natural y sencilla que pueda imaginarse. Si la música procesional forma parte de la representación del drama de la Pasión , estará destinada a aquellos a quien esa representación se dirige. Del mismo modo que la música sacra de Bach se convierte en elemento de la liturgia y la celebración sagrada con una finalidad práctica, así también la marcha procesional cumple su cometido en la representación del drama del Gólgota en las estaciones de penitencia de nuestra Semana Mayor o en la exaltación jubilosa de las procesiones de gloria. 

La música, el exorno floral, la imaginería, todos esos elementos contribuyen, a través de la seducción de los sentidos, a crear el ambiente de recogimiento y receptividad que nos permite participar en la celebración. Nuestra condición humana nos impide una contemplación en la que no participen nuestros sentidos. Pero esto no debe apenarnos. A esa miseria terrenal debemos algunas de las más elevadas creaciones artísticas que el hombre ha producido.

(Colaboración para el portal cofrade Arte Sacro, Cuaresma de 2007)

Foto: Fragmento de la obra Prelude pour le Luth ò Cembal - BWV 998. Johann Sebastian Bach (1685-1750)










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