Arte Sacro
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  • sábado, 17 de abril de 2021
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El otro beso de Judas. Alberto de Faría Serrano.


 Y al atardecer del día que celebraba su última Pascua, y a la mesa, Jesús hizo saber a sus apóstoles: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme"; ante la estupefacción general, uno a uno empezaron a preguntarle: "Acaso seré yo, Maestro?", y se veían con desconcierto y desconfianza. "El que moja su pan en mi mismo plato, ése va a entregarme, porque el Hijo del Hombre va a morir, como está escrito". Todos  lanzaron miradas de enojo y repudio al aludido, y el Iscariote  cínicamente se atrevió a inquirir: "Acaso soy yo, Maestro? Jesús le contestó: "Tú lo has dicho", y un ambiente de rechazo invadió el cenáculo. Vino luego la institución de la Eucaristía , y a los postres, dijo Cristo sigilosamente a Judas: "Lo que haz de hacer hazlo pronto", y el traidor puso pies en polvorosa.

La avidez y la sed de riqueza pudieron con la lealtad y la admiración que de hecho sentía por el Nazareno. Judas cayó en la tentación humana de unas monedas y se dejó devorar a los infiernos por algo más; se apoderaba en su debilidad manifiesta de ese miedo visceral de la presión sanedrita y pretendía salvar su pellejo.

El relato evangélico de la agonía en Getsemaní incluye tres reclamos de Jesús a los suyos porque no estuvieron despiertos y en guardia, cuando él oraba y sufría una de las más grandes angustias que soportó como hombre; luego los conminó: "Levántense ya está aquí el que me va a entregar". Su beso traidor es el envés oscuro de su ambigua tentativa, y como todos los que pactan con el poder desconocedor de las verdaderas intenciones de éste. Judas se le acercó y con un beso (señal para los sicarios) puso en sus manos al Redentor que, mansamente, cumple la profecía.

Poco se conoce de la relación anterior entre Judas y Jesús, sin duda condicionada por la avara y la sediciosa conclusión de la misma. Pero el beso del perdón del Señor se lo devolvió  en seguida en el  Pretorio cuando Judas contemplaba tras una columna y,  enternecedoramente la imagen martirizada de sus Maestro y la escena en la que era entregado a la decisión soberana de la muchedumbre que prefería a Barrabás. Es el mismo Jesús que ante su Pasión y Sacrificio se apiada del alma atribulada y vacilante del que lo traicionó. No hay beso que con mayúsculas se devuelva si no se ama a la persona que lo da. No hay beso que no tenga una intención clara y diáfana concebida o conocida de antemano tanto por el que ofrece los labios como por el que los recibe. No hay beso que no tenga su retorno. El auténtico beso sin embargo es el del que lo reporta con las manos abiertas sin nada que temer. Hasta el Domingo en la calle Santiago.

Foto: Francisco Santiago.










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