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Liturgia. El Ministerio de Lector. Jesús Luengo Mena


 El ministerio de lector es uno de los dos ministerios instituidos propios de los laicos que la Carta Apostólica, en forma de Motu Proprio, MINISTERIA QUAEDA de Pablo VI estableció –el otro ministerio es el acolitado–. Pero, no cabe duda, de que el ministerio de lector se presta más a que lo ejerzan, si no de derecho, sí de hecho, muchos fieles laicos, hombres o mujeres, que colaboran en la Liturgia proclamando la Palabra de Dios. 

Teniendo en cuenta la cantidad de fieles que ejercen ese ministerio, que no siempre se hace bien y para el que no basta la buena voluntad o el ofrecimiento, la Delegación Diocesana de Liturgia ha redactado un documento, el pasado 4 de marzo, dirigido a quienes lo ejercen, recordando algunas pautas que se deben tener en cuenta.

El documento –letra en cursiva–  dice literalmente así:

- Recuerda que eres el altavoz de Dios en la asamblea, porque cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo.

- Utiliza siempre los Leccionarios. En ellos encontrarás siempre la seguridad de que la traducción de la Biblia cuenta con el apoyo de los Obispos que son garantes de la fe de la Iglesia. No cualquier traducción es apta para ser leída en la liturgia.

- Cuida bien los Leccionarios. Procura que se guarden en lugares dignos cuando no se utilizan. En la Liturgia  todo entra por los sentidos. Unos libros sucios y desencuadernados poco dicen de la dignidad e importancia de la Palabra de Dios.

- Prepara antes de la celebración la lectura de los textos, incluso leyéndolos en voz alta. Ello te dará luego seguridad y entonación adecuada a la naturaleza propia de lo que vas a proclamar.

- Si has de leer en una iglesia distinta de la que te es habitual, comprueba la situación acústica y la megafonía. No todas las instalaciones son iguales, no todos los micrófonos recogen igual la voz.

- No empieces a correr hacia el ambón cuando todavía el sacerdote está terminando de pronunciar la oración colecta. Espera a que termine y se siente en la sede. Empieza entonces a acercarte al ambón, despacio.

- Si para acercarte al ambón tienes que cruzar por delante del altar, haz una reverencia. Y si está el Santísimo en el sagrario,  haz una genuflexión.

- Algunos lectores parecen conductores novatos agarrados nerviosamente al volante por el modo en que se aferran al ambón. Las manos puedes colocarlas suavemente a los lados del libro. Nunca atrás ni en los bolsillos, que no son maneras dignas para la alta tarea que estás realizando.

- Antes de comenzar a leer, espera a que todo el mundo esté sentado y perfectamente acomodado. Aun así, espera un instante manteniendo la mirada hacia la asamblea. Ello  crea la expectación necesaria.

- Lo que en el leccionario aparece escrito en letras rojas está prohibido leerlo. ¡Acuérdate de los semáforos en luz roja! Por eso no digas: primera lectura, etc.

- No empieces a leer directamente el texto. La asamblea tiene derecho a saber de qué libro de la Biblia se va a hacer la proclamación. Por ello comienza, según te indique el Leccionario: Lectura de la carta, etc.

- Al final de la lectura no digas «Es» palabra de Dios. Sólo di: Palabra de Dios.

- Al leer, no olvides que te estás dirigiendo a una asamblea. Tienes que mirar de vez en cuando a los que te escuchan. Es  una forma elemental de mantener la calidad de la comunicación. Aprende de los buenos locutores de televisión que siempre miran a las cámaras. ¿Comprendes por qué hay que preparar la lectura con antelación?

- No lee mejor quien más corre leyendo, sino quien mejor vocaliza y mantiene el ritmo de la lectura, con sus correspondientes pausas.

- Y, sobre todo, asimila mediante la oración lo que vas a leer y sé el primero que testimonies con tu vida la verdad de lo que proclamas.

A estos consejos, podemos añadir que la costumbre de leer de un papel o folio no es litúrgica y, al menos en apariencia, minusvalora la Palabra y le quita significación. También, señalar que hay textos de especial dificultad, con nombres bíblicos de difícil pronunciación y que no es lo mismo una lectura narrativa, histórica, que una con diálogos o poética, por lo que la costumbre de repasar antes la lectura antes es muy recomendable. No obstante, es frecuente “repartir” las lecturas en el momento mismo de comenzar la Eucaristía.

Tampoco está de más comprobar que el Leccionario esté abierto por la lectura del día que corresponde. Más de una vez hay despistes y situaciones incómodas por no cerciorarse antes. Para ello, es bueno tener a mano el Calendario Litúrgico-Pastoral del año en curso. 

Y, para finalizar, yo entiendo que, aunque no esté expresamente dispuesto, cuando deban subir dos lectores al ambón desde la nave, que lo hagan al mismo tiempo y se retiren de igual manera.

Foto: Francisco Santiago.










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