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Opinión. Los tiempos cambian. El Diputado de Cruces


Hay que ver cómo cambian los tiempos. Todavía podemos recordar aquellos en que las hermandades competían con ardor para ocupar lo últimos puestos en sus días o las declaraciones de más de un hermano mayor mostrándose orgulloso del honor de ser la última, de “presidir el día” como dijo alguno. Sin embargo, ahora todas quieren ser las cuartas o las quintas de su jornada. Y es que la fauna (con perdón, pero los que salen a la calle con el único objetivo de emborracharse, ensuciar, agredir, insultar o molestar el descanso de los vecinos no merecen otra cosa) que a partir de ciertas horas de la noche y ante la permisividad de las administraciones correspondientes, ocupa nuestras calles, provoca que gran cantidad de personas las abandonen, por lo que los itinerarios de recogida se vuelven desagradables por solitarios e inseguros y más desagradables todavía los regresos a sus hogares de los nazarenos de forma individual, una vez finalizada la procesión.

Por cierto, un inciso. Tan desagradable como el camino de ida a Santa Marina de los nazarenos de la Resurrección para hacer la estación de penitencia a que están obligados por las  reglas que juraron cumplir o las primeras horas del itinerario de la cofradía. ¿Hasta cuándo se va a permitir que la falta de diálogo consecuencia de desavenencias personales entre miembros de las cúpulas de la hermandad y del Consejo General haga que la hermandad que cierra la Semana Santa tenga que sufrir su recorrido de ida a la Catedral en estas  condiciones de inseguridad y con la carrera oficial desmontada, como si ya todo hubiera terminado? Fin del inciso.

A lo que iba, que todas quieren ser las cuartas o las quintas. Y eso no puede ser. Vaya por delante que de ciertos horarios tardíos tienen parte de culpa las hermandades y son manifiestamente mejorables. Ayudaría bastante emplear menos tiempo en andenes, cuestas, jardines, saludos coreografiados, segundos pasos interminables por Campana, “revirás” eternas, recorridos artificial e innecesariamente alargados y otras zarandajas. Y poderse, se puede, tal y como se demostró el último Domingo de Ramos, en el que, ante las amenazas climatológicas, las hermandades ganaron mucho tiempo sin perder un ápice de lucimiento y recogimiento, para alivio de los sufridos cuerpos de nazarenos, que no se vieron obligados a sufrir los desesperantes parones habituales a fin de no dejar descolgados a los pasos, parones en los que, en alguna ocasión, se ha tardado una hora en recorrer cincuenta metros.

De todas formas y junto con éstas, también hay otros tipos de soluciones que debieran involucrarnos a todos. En este sentido, sería cuestión de echarle imaginación a la nómina, bien con cambios de días, bien con reestructuraciones en jornadas concretas. Parecería lógico, por ejemplo, que las hermandades cuyos templos están más cercanos a la Catedral fueran las últimas en pasas por la carrera oficial. Lo que pasa es que, cuando el tema sale a la palestra, se nos olvidan todas nuestras frases grandilocuentes (como esa tan repetida de “en el día somos como una sola hermandad que empieza en la cruz de guía de la primera y termina en el último paso de la última”) y, rápidamente, sacamos a relucir nuestros derechos de antigüedad y nos negamos a cualquier cesión sobre algo que no nos guste. Y esto se ha visto hace poco en las reuniones del Lunes, Martes o Miércoles Santos.

Los tiempos cambian y no todos podemos ser cuartos o quintos de nuestros días, disfrutando del mejor horario: salir no muy temprano y recogernos no muy tarde. No es posible. Pero sentándonos a hablar con espíritu dispuesto a ceder, sin posicionamientos previos, quizás consigamos llenar de sentido a la palabra hermandad. A lo mejor, el resultado no será perfecto para nosotros, aunque sí será algo mejor para otros que, actualmente, lo tiene muy mal. Y ése debiera ser nuestro anhelo, ¿verdad?

diputadocruces@yahoo.es

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